lunes, 16 de abril de 2012

Desconexión


Imagino que desaparezco. En comunicación, mi vida se parece a la que tenía mi bisabuelo a mi edad. No tengo internet, ni Twitter, ni whatsapp, ni tan siquiera un número de teléfono. Quizá tenga un portátil, para escribir, o usar el Excel. Irrelevante.

Ustedes no volverían nunca a saber nada de mí, y viceversa. Me pregunto cómo me sentiría. Tengo a personas a las que valoro muchísimo repartidas por el mundo, algunas a tan sólo unas paradas de metro, pero, de cualquier modo, les perdería a todos. Supongo que estaría sola. ¿Volvería? No lo sé.

¿Y si fuera al revés? Quizá mañana me despierte y ella, o ella, o él, o ellos, hayan desaparecido. Se habrían bajado de la nube. ¿Los iría a buscar? ¿Podría al menos desearles lo mejor? ¿Volvería a escuchar su voz alguna vez? Ojalá. Tampoco lo sé.

No sé qué pasaría si desapareciera, pero hoy, hoy que me planteo que quizá pase, quiero desearles a cada uno de ustedes lo mejor. Si desapareciera físicamente, si mañana me fuera a otro lugar, sería lo mismo que les desearía a mis personas físicas, que no reales. Eso lo somos todos.

Nos arriesgamos en la comunicación no física, nos arriesgamos a querernos y preocuparnos en la distancia, a aprender los unos de los otros. Pero, sobre todo, a poder elegir si queríamos hacerlo. Quizá me vaya yo, quizá tú, quizá todos, voluntariamente o no, para siempre o por alguna temporada, pero el recuerdo nunca se irá, porque lo bueno no se olvida.


domingo, 8 de abril de 2012

Infancia

Me pican los ojos. Como siempre que nos pegamos horas y horas jugando en la piscina. Y el mismo cansancio. Ese agotamiento de haber estado todo el día en la playa. También tengo ganas de fruta. De una macedonia como las de mi madre, con sus paraguayos, duraznos y todo tipo de frutas veraniegas. Me apetece una partida de parchís. Hacer equipo con mi abuelo, y que me llame "maleta", ver como a mi abuela siempre le sale un "4", menos cuando lo quiere, y que mi hermana nos coma tres fichas con una tirada. Y ver el Tour juntos, los últimos años de Indurain.

Me apetece pasear por San Andrés, y tomarnos un zumo al lado del mamotreto. Y comer quisquillas en Candelaria. Todavía recuerdo el nombre de cada uno de los 9 menceyes. Mi familia entraría en la Basílica, mi padre me llevaría a ver como rompen las olas. Yo no entro en Iglesias. Daremos un paseo por mi querido Monte de las Mercedes y, al bajar, compraremos de esos dulces que tanto nos gustan en mi familia.

Tengo ganas de pasear por Santa Cruz, de los algodones de azúcar, de caminar por la avenida de Anaga, e ir al chino con el padrino de mi madre. Me apetece  visitar otra vez a las viejas de la familia, y que cuenten las mismas historias que cada año, que me digan "qué alta estás" y me pregunten si ya sé hablar alemán. Quiero ver a mis primos, y a los primos de ellos, y ver como nadan hasta la balsa, yo me quedo con mi abuela, que ellos son grandes. Y, cuando salen, comernos una de las meriendas geniales de mi abuela.

También de bajar a El Médano. Y comer pescadito frito en el restaurante de la esquina. Y pasear descalza por las calles comiéndome uno de esos helados de limón de la heladería de al lado del hotel. E ir al cine al aire libre, a comer pipas. Y que pongan las fotos de hace 50 años, ver como a mi madre le brillan los ojos viendo su infancia.

¡Y subir al Teide! Los lagartos comen el tomate de tu mano, pero a mí siempre me han dado un poco de miedo. Volver a escuchar la historia de Guayota, que habita en las entrañas de Las Cañadas del Teide, y que cuente como se formó la isla. Y cuando pasamos por la tarta, mi madre diría que está hecha de nosequé rocas y que es una construcción geológica de nosequé.

Quizá descubriera algún pueblo nuevo, por Fasnia o Güimar. O iríamos al norte, a Teno, o a Garachico. Puede que fuéramos a la pizzería del Puerto de la Cruz, o que acompañásemos a mi abuela a ver al Cristo de Tacoronte. Comeríamos perritos calientes y kebab en Casa Peter, aunque a mí sólo me gustan los perritos, que los kebab pican mucho.

Habré nacido en Gran Canaria, pero soy medio chicha, a mí que mis veranos en Tenerife no me los toque nadie, ni a mi familia. Cuando sea grande, no me iré a estudiar a España, no saben lo que tenemos aquí. Quizá me venga a vivir a Tenerife. Estudiaré biología en La Laguna, como todos. Sí...

sábado, 7 de abril de 2012

Aprendizaje

El septiembre pasado, cuando dejé la casa de mis padres y mi hogar en Canarias, me aventuré a una vida que no sabía que me iba a deparar. Cambié de ciudad, de continente, parcialmente de idioma, dejé todo lo que conocía atrás y empecé de cero. Casi de cero, en realidad, pero eso no es lo que importa.

Fue un cambio radical, y de él he aprendido muchísimas cosas en los últimos siete meses. Desde las cosas más simples como cocinar hasta otras como la soledad absoluta. Pero si hay algo que lo resume todo, algo que hace que todo lo malo pase a un segundo plano, es que he aprendido a apreciarme a mí misma, a saber que Yo sola puedo.

Tengo a mis amigos, los que están aquí y los que me acompañan en la distancia, ellos son mi apoyo. Como amigos los considero una parte indispensable de mi vida, pero no lo son por necesidad. Son mis amigos porque les quiero, porque confío en ellos, porque quiero que lo sean. Y es ese cambio, de tener a alguien por necesidad a tenerlo por voluntad, lo más grande que he aprendido en esta nueva etapa.

Así que ahora, que tengo más personas a mi lado que jamás antes, siento que soy más independiente y auto- suficiente que nunca. Soy mejor persona, más humana y más fuerte. Y, además, he recuperado mi curiosidad infinita, ¿qué será lo próximo? Prepárate, mundo, voy a comerte.

lunes, 19 de marzo de 2012

Heridas sangrantes

Dicen que el tiempo lo cura todo. Te das un golpe, te caes y te levantas. Física o mentalmente, el tiempo hace que se cure, con cicatriz o sin ella. Sólo hay un elemento del que no se puede prescindir: una herida que curar. Y la herida, esa herida que creemos que nos hacen, esa que sufrimos y nos tortura, la construimos nosotros mismos.

Sin embargo, que ese dolor sea una herida, es bueno. Todas se curan pues el tiempo hace maravillas. Cuando no dejamos que lo sea, cuando vivimos el dolor, lo hacemos parte de nosotros mismos, le dejamos que llegue a lo más profundo, a nuestras entrañas, nos cerramos el camino fácil, le damos la espalda a nuestro salvador tiempo. Aunque seguirá torturando.

Quizá, y tan sólo quizá, cuando te das cuenta de eso, es momento de dejar que aparezca la herida, terminar de caer para poder pensar en levantarte, y ponerla a sangrar. Dejar fluir la inocencia, las expectativas, el futuro. Vaciarnos. Escoger los más preciados recuerdos y guardarlos en el fondo del corazón. Y, la clave, dejarla sangrar.

sábado, 10 de marzo de 2012

La ciudad que nunca duerme

Sábado. 6.00 de la mañana. Sabadell. Es el segundo tren de la mañana con destino Barcelona. En el andén una mezcla de trabajadores, viajeros y jóvenes que vuelven de fiestas. Dentro del tren, más de lo mismo. Los primeros con caras de cansancio, los segundos agitados. El tren da algún salto, todos nos despertamos de repente.

6.30. Los túneles del metro de Plaça de Catalunya. Metro, Rodalies y Ferrocarrils todo en uno, parece una ciudad subterránea. De los muchos pasillos sale y entra gente, de todo tipo, con todas las caras, solos y acompañados, que salen de Barcelona y que recién llegan. Un grupo de jóvenes consiguen por sus pintas que Barcelona parezca de los años 80. Sonrío. Se ven grupos de turistas y extranjeros, muchos borrachos. También los ochenteros. Una pareja discute; fidelidad. Van bebidos.

7.00. Paraŀlel. Salgo esperando una soledad absoluta. Al contrario. Personas vendiendo cerveza, varios en grupos y con risas. Cafeterías abiertas y con gente dentro. Algunos con el primer café de la mañana, otros están apurando la última cerveza de la noche. O de la mañana. Paso por la comisaría. Hay gente dentro, como siempre. Las gaviotas empiezan a hacer ruido. Veo a Colón entre los árboles. Amanece.

Te quiero, Barcelona, nunca duermes.

lunes, 5 de marzo de 2012

Con nombre y apellido de mujer


Creo que debería dejar de pensar en ti. Eres mi primera imagen por las mañanas y la última cuando cierro los ojos. Probablemente hasta sueñe contigo. O no. Mis sueños son muy extraños. Aunque tampoco lo son tanto, simplemente, son sueños.

Estoy como en una película, con un angelito y un diablo. Uno me dice que deje de pensar en ti, el otro que siga haciéndolo, no sé qué dice quién. Tengo miedo. De mi cerebro. De mi corazón. De mí. Algún día creceré. Quizá no sea cuestión de madurez, quizá simplemente soy así, quizá no.

Me da miedo quererte. Me da miedo haber escrito esa palabra. “Quererte”. Mi corazón está seguro, el resto de mí tiembla tan solo con la idea. ¿Es un sí? ¿Es un no? Estoy ciega. No pienso si es posible o no. Mentira. Sí lo pienso, pero no me importa. Cuando el corazón ve todo lo demás calla.

No necesito tenerte delante. Ni escucharte. Ni ser nadie. Algo dentro de mí te ve. ¿Lo verás tú también algún día? Grabaré estas palabras con tu nombre. Si en algún momento dejas de mirar para ver, te lo enseñaré. Mientras, la llave está en el fondo del mar.